miércoles, 21 de septiembre de 2011

Una invitación a ver los grabados de Doré

Cuando Gustave Doré tenía 5 años, además de ser un estudiante brillante, era ya conocido en la escuela por sus caricaturas, de todo y todos los que se atravesaban por su camino.  Imbuido por su espíritu de niño prodigio, su naturaleza de dibujante incansable, simplemente empezó a desbordarlo.  A la edad de 12 años preparaba sus propios grabados en piedra y desarrollaba historias ilustradas que él mismo imprimía.

Pero quizas la mayor muestra de su voluntad irrefrenable tuvo lugar en 1847, cuando apenas contaba con 15 años.  Nacido en Estrasburgo, su familia viajó de paseo a París, y se sintió atraido por el ambiente artísticio de la ciudad.  De pasada por una impresora, observó unos grabados en la vitrina y fraguó el plan que habría de darlo a conocer universalmente.  Al día siguiente se fingió enfermo y le pidió a sus padres que le permitieran quedarse en el Hotel, mientras los demás salían de turismo.  Una vez solo, elaboró rápidamente una serie de dibujos y los llevó a la empresa impresora que había visto el día anterior, allí se dirigió sin presentarse a la oficina del jefe, Charles Philipon, puso sus dibujos sobre el escritorio y le dijo simplemente, "así es como deberían lucir los dibujos de la vitrina".

La impresión que sufrió el editor fue de tal magnitud, que sin poder creer que aquellos dibujos hubieran sido realizados por aquel adolescente pequeño y con cara de niño, le pidió que recreara algunos dibujos, los cuales éste ejecuto de manera sorprendentemente rápida, hasta el extremo de que Philipon hizo llamar a su padre, y le hizo firmar un jugoso contrato.  Los papás Doré regresaron a Estrasburgo, pero Gustave permaneció en París y se convirtió en el más grande y prolífico ilustrador que ha tenido la industria editorial.

A los 16 años Doré se había convertido en el ilustrador mejor pagado de Francia, y con una vida por delante, elaboró una serie de ilustraciones que determinaron en gran medida nuestra visión gráfica de lo que son las más grandes obras de la literatura.

Al morir, a los 51 años había ilustrado más de cien libros, había dibujado más de 10.000 ilustraciones, principalmente grabados, y había pintado más de 400 óleos.  Si bien es cierto, desde pequeño fue un niño prodigio, la verdad es que su amor por el dibujo y la pintura fueron los motores que pusieron en movimiento el espíritu genial que palpitaba en su interior.

Sus historias ilustradas hacen que algunos lo califiquen como el padre de las tiras cómicas, y aunque su  nombre no es muy reconocido por el público en general, la verdad es que todo el mundo ha contemplado las ilustraciones de Doré.  Las imágenes paradigmáticas que el mundo occidental tiene de personajes como Don Quijote y Sancho Panza, se derivan directamente de las 380 ilustraciones que efectúo Doré para la obra de Cervantes.

 
Lo mismo puede decirse de las imágenes del infierno de Dante, así como de las escenas bíblicas más populares.  De hecho, Hollywood nunca ha negado la influencia directa que ha tenido la iconografía de Doré, en la composición fotográfica de muchas de sus películas más populares, especialmente "Los Diez Mandamientos" con el insufrible Charlton Heston.






Así mismo, la imagen descarnada de la Londres superpoblada y brutal de la época de Charles Dickens, se la debemos a la serie de grabados de Doré, denominada "London: A pilgrimage".



En suma, la vida de Gustave Doré es la historia de un amor desbordante que le llevó a producir miles de intrincadas ilustraciones en el corto espacio de tiempo que deambuló por este mundo.  Algunos pensarán, que dueño como era de un talento tan genial, la titánica cantidad de material gráfico que produjo era una consecuencia necesaria de su disposición natural para el dibujo.  No obstante, si su impulso irrefrenable y su amor por el arte, no le hubieran llevado a esquivar el paseo familiar por París aquella mañana de 1847, tal vez su talento habría pasado desapercibido para el resto de los mortales.  Doré es la máxima expresión de los alcances megalíticos y descomunales que puede tener en un ser humano la pasión por lo que hace.  Si alguien quiere empezar una historia de amor, debería comenzar por hacerse una invitación a ver los grabados de Doré.

domingo, 4 de septiembre de 2011

O Aleijadinho

El pasado 1o  de septiembre fue asesinado el párroco del pueblo de Marmato en Caldas.  Aunque las autoridades no tienen pistas del crimen, los vecinos creen que su  muerte está relacionada con la lucha que venía librando en contra de las grandes mineras que quieren establecer una mina a cielo abierto que obligaría a trasladar al pueblo y todos sus habitantes, y seguramente tendría graves efectos ambientales.

La minería ha tenido efectos catastróficos en los pueblos de América Latina, por lo menos en los últimos 500 años.  La economía extractiva que genera el enriquecimiento rápido y fácil de unos pocos a costa de los pequeños propietarios, es en gran medida la causante de todas nuestras violencias: las del oro, las de las esmeraldas, las del petróleo, las del carbón, las del caucho, las del café, las de la coca.

Pareciera que los pueblos que han sufrido las bonanzas, sólo han recibido un legado de erosión, muertos y abandono.

Pero entre todas esas historias de desarraigo, hay una que tal vez sobresale por su belleza: la historia del más famoso escultor de Minas Gerais, el mulato, hijo de esclava, don Antonio Francisco Lisboa, más conocido como O Aleijadinho (el lisiadito). 


Aleijadinho, el gran artista nacido en Vila Rica, hoy Ouro Preto, es la expresión mayor del arte triste que emergió de las minas de oro, donde manos esclavas extraían el metal para que los pródigos bolsillos de la corte portuguesa lo dilapidaran por Europa, sin que no quedara nada más que el recuerdo de un pasado glorioso para los portugueses, e ignominioso para los mineiros.

Lo poco que queda de ese oro, fue utilizado para la construcción del gran Convento de Mafra, a la que hace referencia Jose Saramago en su libro "Memorial del Convento", y que representó, según Eduardo Galeano, la última expresión del orgullo del rey de Portugal, que veía como el centro de la política europea se desplazaba hacia el norte.

En Minas Gerais en cambio, a falta del oro expoliado, brillaba el talento del gran escultor, cuyos dedos devorados por la lepra, siguieron tallando la madera hasta que lo alcanzaron la vejez y la muerte.  La leyenda narrada por Galeano refiere que su obra maestra en piedra, instalada frente a la iglesia de Bom Jesus de Matosinhos fue esculpida "amarrándose el cincel y el martillo a las manos sin dedos", mientras se veía obligado a arrastrarse de rodillas hasta su taller.





 
Aleijadinho es en realidad, el gran representante del barroco en Brasil, la serie de los siete pasos de la pasión de cristo del Santuario de Congonhas, con 64 imágenes de tamaño natural, refleja un acabado dominio de la técnica, y sobre todo la pasión con la que emprendía sus proyectos.  Las expresiones de las figuras presentan un cargado acento emotivo, lo que genera en el espectador reacciones sentimentales.  Imbuido del espíritu de la época, Aleijadinho pone un acento ornamental en las barbas, los cabellos, y los pliegues de la ropa.







O Aleijadinho es en realidad una muestra de los cotas a las que puede llegar el espíritu humano: hijo de una esclava africana, escaldado por la lepra, aislado en el cruento entorno de la minería brasilera, viviendo en un pueblo arrasado por la codicia y la violencia, Antonio Francisco Lisboa supo encontrar su vocación de artista universal y encumbrar su arte a maravillosas formas de expresión, para convertirse en lo que Patrick Straumann llama, "el leproso constructor de catedrales".

He aquí una interesante lección para nosotros y nuestros hijos, que sentimos morir, cuando se nos queda el celular en la casa.

Fuentes: "Las venas abiertas de América Latina", Eduardo Galeano. Revelaciones, "Las Artes en América Latina, 1492-1890". Varios Autores. Fondo de Cultura Económica. 

lunes, 8 de agosto de 2011

LAS BODAS DE CANÁ

Una de las escenas más llamativas del Louvre, tiene lugar en el salón de la Monalisa. 

Mientras docenas de personas luchan codo a codo por acercarse a la gran vedette del Museo, mientras el brillo constante de los flashes destella sobre el vidrio blindado que protege a la Gioconda, en una especie de danza interminable de paparazzi aficionados, que se agolpan y entran y salen por cientos del salón, sin percatarse de nada más que no sea el camino de flechas que los conduce de la pirámide de la entrada a la pared solitaria donde cuelga la obra de Leonardo, a sus espaldas, se puede ver a un grupo pequeño de personas que, cansadas de la histeria mediática que rodea a la Monalisa, se detienen a ver los detalles de un gran lienzo con la imagen del Cristo en las bodas de Caná.

La mayoría de los hinchas de Leonardo la pasan por alto, y para los pocos que reparan en ella, esta pintura se convierte solamente, en el cuadro que está al frente de la Monalisa.


“Las Bodas de Caná” de Veronese debe, en gran medida, su celebridad al hecho de que se encuentre en el mismo salón, aunque opacada por la gran obra de Leonardo.  Algo así como la fama que le deben Burruchaga y Valdano a Maradona, por haber jugado a la sombra de la prima donna.

Esta pintura del manierismo italiano, fue elaborada por Paolo Caliari, llamado Veronese,(por ser oriundo de Verona, por supuesto), a mediados del siglo XVI, para el convento benedictino de San Giorgio Maggiore en Venecia.  Veronese que se había integrado al círculo de pintores venecianos recibió una gruesa suma de dinero por el encargo, bajo el compromiso de que debía utilizar los mejores materiales en la confección de la obra.  La pintura estuvo colgada del comedor de la abadía durante más de 200 años, hasta que Napoleón la confiscó (he debido decir, la robó) en 1797 y se la llevó a París, para lo cual debió cortarla en dos y luego volver a coserla en el Louvre.  La pintura nunca fue devuelta al pueblo italiano, pero a cambio sufrió una accidentada restauración entre 1989 y 1992, entre otras cosas porque el marco de metal en el que se intentó colgar nuevamente la pintura, se desbarató, cayó sobre el lienzo y le provocó por lo menos cuatro cortes, uno de las cuales fue de más de un metro.

Aunque no alcanzó la fama de Tiziano, ni la de su maestro, el arquitecto Palladio, Veronese supo hacerse a una reputación en Venecia, principalmente por esta pintura, por una serie de pinturas en el Palacio Ducal, y por cuenta de un encargo que recibió del monasterio dominico de S.S. Giovanni Paolo, para pintar la última cena.  Al igual que en el caso de las Bodas de Caná, su última cena está llena de detalles humorísticos, incluyendo perros, enanos, bufones, así como representaciones exactas de los festines contemporáneos que tenían lugar entre los ricos venecianos.

No obstante, debido a esta aproximación irreverente, Veronese fue llamado por la Inquisición, acusado de herejía y conminado a modificar la pintura so pena de ser condenado por este delito capital.  Veronese, que tenía en alta estima su propio arte, en vez de modificar el cuadro, prefirió cambiarle el nombre, de forma que en adelante ha sido conocido como la “Cena en la casa de Levi”.  Esta modificación fue suficiente para que Veronese fuera dejado en paz.

Lo cierto es que en un entorno en el cual, los artistas estaban optando por una aproximación manierista a la pintura que ponía en tela de juicio los criterios clásicos de la pintura renacentista y que produjo resultados bastante desiguales, y en el cual la inquisición de la contrarreforma estaba empezando a perseguir a los representantes del libre pensamiento en Italia, Veronese se las supo apañar para hacer gala de un virtuosismo exquisito en la representación de cuadros luminosos y festivos, y para burlarse impunemente de la ortodoxia religiosa incluyendo en sus representaciones detalles carnavalescos, que más que hacer referencia a la historia sagrada, tenían que ver con la atmósfera decadente y divertida de una Venecia que estaba resignándose a abandonar el centro de la escena europea, para darle paso a lo que iban a ser los poderes atlánticos de la edad moderna.

En resumen, Veronese es un ejemplo de lo que puede lograrse con inteligencia, talento y buen humor,  cuando alguien se encuentra en un ambiente de crisis, para posicionar el propio producto y superar de manera elegante las manifestaciones arbitrarias de la estupidez humana.

Agosto de 2011